
Ya perdí la cuenta de la cantidad de veces que Jaime, mi vecino viejito, el que siempre está bronceado y siempre cuenta las mismas anécdotas, con seguridad inventadas, de sus nietos, me tocó el timbre para sentarse en mi mesa y llorar.
Las dos o tres primeras veces, instintivamente, le pregunté que le pasaba. Pero casi ofendido me dijo que nunca más trate de saber sobre eso. Pasaron años. Cinco o seis.
Asi es entonces que una o dos veces por semana Jaime, que está cada vez más viejito y empezó a usar andador, me toca el timbre, yo le abro, me saluda con un beso, me regala una botella de vino, va hasta la mesa de la cocina y se pone a llorar, tapandose la cara con las dos manos y apoyando los codos en la mesa. Cuando llora murmura cosas que jamás pude entender. Nunca se queda más de diez minutos. Pasado ese tiempo, se incorpora altivamente, se seca las lágrimas con un dedo y se va.
Ayer me tocó el timbre, me saludó con un beso, me entregó la botella de vino y se fue a llorar a mi mesa. Como siempre.
Yo recién salía de bañarme.
Lo dejé en la cocina llorando y me fui a mi habitación, a cambiarme. La ventana estaba rota y entraba frío. Mientras me vestía, escuchaba el murmurar de Jaime llorando.
Salí muy rápido de mi habitación, fui a la cocina, me senté al lado de Jaime. Y lo esperé. Esperé que termine de llorar. Cuando terminó, le puse un brazo en el hombro y le dije que no se pare, que se quede sentado.
Le serví un vaso de vino y le pregunté porque lloraba. Me miró enojado. Finalmente quería saber. Le insistí y me volvió a mirar enojado. Hasta que le dije que si no me contaba, nunca más le iba a abrir la puerta.
"Vengo acá porque no quiero que en mi casa me vean llorando".
Se paró, se secó las lágrimas con un dedo y se fue.
No me dijo que cosas lo hacían llorar.
Jaime vive solo, con su ovejero Mustafá.
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